Primer encuentro de modelos - GESHI
- Michisuki
- 8 jul
- 3 Min. de lectura
Por Michisuki
Traducción al Ingles por Ka

Ningún cepo puede torturar mi alma en libertad (fragmento)
Dos cuerpos, por lo tanto perdura,
Amarra uno y el otro vuela libre.
El águila no se despoja
De su nido y, sin embargo,
Gana en cielo...
Emily Dickinson
Primer encuentro de modelos - Grupo de Estudio de Shibari Kinbaku - C.C. Beirut, La Plata (2025)
La atmósfera se impregnó de algo sutil pero palpable como si todo el espacio estuviera al borde de una revelación. Hubo una palabra, una sola, que nos unió sin pronunciarse: deseo. Y esa palabra se transformó en un pacto tácito, fuerza profunda y primitiva. Había algo por descubrir que había permanecido oculto en nosotrxs y ese encuentro, tan fugaz e intenso, era el umbral.
Éramos seis, ni más ni menos. Seis cuerpos, seis historias que se buscaban en silencio a través del aire y de las texturas de lo no dicho. En un momento levantamos la mirada y, por un segundo, el tiempo se hizo denso, se suspendió. Lo que vimos, o quizás intuimos, fue tan efímero como un sueño.
Ka guío la práctica, con su voz nos sumergió al primer encuentro no visual. No hubo miradas, solo una conexión que surgió en el roce, en la cercanía, en la forma en que nuestros cuerpos se alineaban sin conocerse. Un roce de piel sobre tela, un perfume compartido que no se podía explicar. Sentí que me entregaba pero con precaución, con una sombra de vergüenza como si un trozo de mi ser estuviera atado a algo que no me permitía despojarme del todo. Pensé “no puedo, no debo” pero no lo dije. No había palabras.
Cuando abrí los ojos la luz de la habitación parecía haber cambiado (quizás era yo quien había cambiado). Y entonces sucedió: la mirada profunda y certera de Nico que no pedía permiso para invadir mi espacio interior. Espacio incómodo, tanto que sólo podía reír de nervios -ella también reía. Fue algo casi salvaje, tan directo que me hizo sentir vulnerable, tan abierta y expuesta percibí que se podía leer todo mi pasado en esos segundos. Pero lo que no anticipé fue que esa mirada también me devolvía algo que había perdido: la confianza. Era una mirada que no me juzgaba ni me exigía, simplemente estaba allí como una promesa. Era como si todas las piezas encajaran y el peso de lo que habíamos sido antes de este encuentro se deshiciera.
La complejidad de la mente abrumada
Mi mente, esa máquina que nunca para, se va llevando por delante mi vida, arrastrándome hacia pensamientos que no sirven más que para perpetuar el caos. Hoy mi lucha es otra: escuchar mi cuerpo, mi escenario corpóreo que me muestra la verdad con cada respiro entrecortado, con cada latido que me arrastra hacia lo inmediato. Y mi mente sigue ahí, tensa, buscando respuestas donde no hay más que silencio. Pero en medio del vacío hay algo que está empezando a clarear: no siempre tengo que tener una respuesta ni tengo que entender todo. Quizá la clave está en liberar la mente, en soltar las ideas y permitir que el cuerpo, tan sabio en su cansancio, me guíe hacia algo más profundo, algo que no puedo ver pero que está allí esperándome. En el shibari hay belleza, sí, en las cuerdas que dibujan figuras en la piel, en la confianza que nace de la vulnerabilidad, pero también hay una profundidad inquietante que se asoma con cada fricción. Es fácil perderse, olvidar que detrás de la cuerda hay una necesidad de conectar con esa otra piel, con ese otro que me mira, me siente y me toca.
Pero las preguntas se multiplican como sombras que se alargan al atardecer ¿Qué estoy sintiendo? ¿Qué hago con lo que siento? ¿Cómo se mide el dolor cuando se convierte en algo que ya no puedo separar de mí misma?
Espero con ansias el próximo encuentro.
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